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domingo, 3 de junio de 2018

CINCUENTA AÑOS DE MAYO DEL 68













Para los que hemos nacido en la segunda mitad del siglo XX aquel mayo francés de 1968 nos ha dejado una impronta difícil de olvidar.

Yo estuve en París dos años antes, en un viaje de estudios, y nada nos hizo presagiar, a mis compañeros y a mí,  lo que sucedería un par de años después.

Recordamos mayo del 68, cincuenta años después, con las palabras de Daniel Arjona e Ignacio Segurado publicadas en el periódico digital El Confidencial el 29 de abril de 2018 y que reseño a continuación:


Sus cadenas sonaron primero en París, luego en Praga, Roma, Berlín, México DF, San Francisco, Nueva York… Un planeta en llamas que convirtió 1968 en un año de sobresaltos y violencias en las sociedades desarrolladas, de esperanza también para toda una legión de revolucionarios golpeados al final por una profunda y total derrota. El mundo ya no volvería a ser el mismo.


La guerra de Vietnam agitaba aquel año las universidades de EE.UU. y Alemania y llegó a París en febrero cuando los estudiantes tomaron por primera vez el Barrio Latino. El sector antibélico más radical se atrincheró en una pequeña universidad a las afueras: Nanterre. Los “rabiosos” (enrages), como fueron bautizados, ocuparon el campus y nació el movimiento 22 de marzo. Lo dirigía un líder peculiar, un chaval ácrata y pelirrojo de origen alemán: Daniel Cohn-Bendit.


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Daniel Cohn-Bendit en 1968



Recuperada de los estragos de la Segunda Guerra Mundial bajo el puño de hierro de De Gaulle, Francia estrenaba 1968 como una nación desarrollada con una potente sociedad de consumo y facultades saturadas de estudiantes. La economía del país comenzaba a resoplar pero la estabilidad parecía asegurada. Le Monde lamentaba en un editorial a principios de año que Francia se aburre, y el casi octogenario general aseguraba: la patria está en una situación satisfactoria mientras otros países pasan dificultades.

El 2 de mayo el Gobierno cerró Nanterre, fuera de control, y convocó a Cohn Bendit y a sus secuaces ante un comité disciplinario. La cólera de los estudiantes saltó entonces a la Universidad Central. En una acción sin precedentes que quebraba su autonomía, la policía invadió la Sorbona mientras miles de estudiantes se enfrentaban a los agentes con violencia. Los más de 50 heridos y 500 detenidos fueron aquella noche más interesantes para los medios presentes en la capital para cubrir las conversaciones de paz en Vietnam que las discusiones bizantinas entre las legaciones sobre la necesidad de contar con mesas redondas o cuadradas. Al día siguiente todo el mundo lo sabía: París estaba ardiendo.


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El corresponsal español del periódico  Ya se mostraba, sin embargo, despistado. La crónica que publicó Luis Blanco-Vila el 3 de mayo describía una jornada plácida y se interesaba por detalles ociosos. Bajo el titular de Hubo españoles en la manifestación comunista de París’ recogía su encuentro con una tal Conchi, una muchacha gallega que aseguraba representar a “la sección española” y a la que, aburrido y pesaroso, seguía a duras penas su novio, que no dejaba de insistir para que abandonaran la revuelta y se fueran al cine.
ABC sí recogía esa misma jornada el incendio en la Sorbona aunque aseguraba también que la situación universitaria no provoca por ahora ninguna preocupación, mientras que el falangista Arriba, un par de días más tarde, tranquilizaba: todo esto no crea nadie que se trata de un movimiento colectivo, grandioso, mayoritario y justificado. No, es la acción de mil estudiantes como máximo, en realidad de unos quinientos, si llegan, que están afiliados a la sección estudiantil del partido socialista, que tienen mucho papel impreso, muchos emblemas, muchas consignas, muy poco eco popular, pero que gracias a sus exabruptos, a sus agresiones, logran la parálisis del mayor centro de enseñanza del país.

El dos de mayo solo había sido un ensayo general. El seis, a las nueve, los cabecillas del movimiento 22 de marzo comparecían en una Sorbona vacía ante el Comité Disciplinario. París llevaba ya varios días ocupada militarmente pero tras la comparecencia de Cohn-Bendit, masas de estudiantes empezaron a confluir desde todas partes hacia el Barrio Latino y sitiaron a unos 3.000 antidisturbios, los llamados CRS. ¡CRS igual a SS!, gritaban. Voló un adoquín sobre la plaza de San Germain. Y otro. Y otro más. Se alzaron las primeras barricadas. A la lluvia de piedras la policía respondió con gases lacrimógenos. Pero la multitud rugía y avanzaba, arrancaba coches y árboles y eran los CRS los que reculaban. Las calzadas desaparecieron mientras la playa comenzaba a adivinarse.
José Luis Perlado, de ABC, relataba sus impresiones al día siguiente: A las cinco y media de esta tarde, en el Barrio Latino de París, en la plaza Maubert, que ha sido hoy el marco dramático de la máxima agitación estudiantil, ha caído herido muy cerca de mí, entre los cascotes y bajo el humo de las granadas lacrimógenas, un policía que no ha podido defenderse de las piedras con su escudo. He visto su cuerpo ensangrentado, abandonado medio minuto en una tierra de nadie, entre los dos bandos de estudiantes y de fuerzas del orden. Después una atmósfera que sin exageración ninguna puede calificarse similar a la de la Guerra. “Jamás he visto nada igual en esta ciudad”, me ha dicho un periodista francés”.
El 7 de mayo había un millar de heridos —400 policías —, centenares de detenidos y una sensación generalizada que fundía asombro y duda. ¿Qué estaba ocurriendo? Los grupúsculos de extrema izquierda, entre los que destacaba la LCR trotskista que comandaba Alain Krivine, estaban seguros de asistir a los primeros compases de la Revolución. El todopoderoso Partido Comunista Francés (PCF), sin embargo, rechazó a los manifestantes, les tachó de pequeño burgueses y de alborotadores y les dio la espalda. Como era costumbre en los últimos tiempos, el PC no se enteraba de nada. O se enteraba demasiado...






Y la proliferación de pintadas que no respetaba ninguna fachada se expandía incontrolable. Todo el mundo tenía algo importante que decir y rápido. Abundaban proclamas clásicas —Abolición del trabajo alienado, Ni Dios ni amo —, pero eran más numerosas las hedónicas —Vivir sin tiempos muertos, gozar sin trabas, Tomo mis deseos por realidad porque creo en la realidad de mis deseos — imaginativas —Bajo los adoquines, la playa, Corre camarada, el viejo mundo está detrás de ti — o ejecutivas: la humanidad será dichosa el día en que el último burócrata haya sido colgado con las tripas del último capitalista.
Sin embargo, el 7 de mayo el movimiento parecía controlado. Las aguas bajaban aún turbias pero al menos encauzadas. Fue un espejismo. Tres días después estallaba la gran noche de las barricadas. Y después la huelga general. Los obreros se apuntaban al fin a la causa de los estudiantes.

Entre las 22 y las 02 horas del 10 de mayo de 1968 un buen trozo de París se separó del estado francés. Un polígono irregular que corta al oeste el bulevar de Saint Michel, la calle Claude Bernard al sur, al este la calle Mouffetard, y la calle Soufflot y la plaza del Panteón al norte. La calle de Gay Lussac era la principal arteria del territorio. Las barricadas resistían durante horas a base de adoquines y cócteles molotov los embates de la policía. Cuando una caía, los rabiosos se reagrupaban y levantaban otra nueva más atrás mientras volcaban en zigzag filas de coches a los que prendían fuego para entorpecer el avance fatigado de los CRS. Comunicadas entre sí, en las barricadas se discutía sin tregua ni libro rojo.
El corresponsal de Ya no atendía a anécdotas en su crónica del día siguiente. El diario madrileño titulaba a toda página: Más de veinte mil estudiantes riñen una violenta batalla en las calles de París. Blanco-Villa resumía, lacónico: Sangre, humo, fuego, gas, lágrimas. Más de 20.000 estudiantes reñían a muerte la más violenta batalla que se recuerda desde hace muchos años en la calle de París. Y luchaban contra la policía.


El editorial de ABC, por su parte, se preguntaba: ¿Qué pasa con el orden público en Occidente? ¿Qué explica el retorno de las barricadas — propias del tiempo de la Revolución Industrial — a este tiempo nuestro, que ha cruzado ya el dintel de la revolución tecnológica? ¿Qué suerte de levadura incendiaria agiganta e ideologiza problemas que en principio son específicamente docentes?.



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Tras la noche de las barricadas de Gay-Lussac el PCF y su sindicato, la CGT, llamaron a la huelga general a partir del lunes 13. Pero tan pronto como empezó el paro obrero, se les fue de las manos. Mientras los estudiantes ocupaban la Sorbona el 14, los obreros hacían lo propio en las fábricas, echaban a patadas a directores y mandos y se encerraban en ellas. Caían uno a uno los más importantes núcleos industriales: Sud-Aviation, Cleón, Renault-Billacourt… El sábado 18 de mayo había ya más de 10 millones de huelguistas y Francia estaba paralizada. El franco no cotizaba en los mercados y el presidente De Gaulle regresaba urgentemente de un viaje oficial para reunirse con el primer ministro Pompidou.

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Las autoridades españolas asistían a los sucesos cada vez más dramáticos de sus vecinos galos con temor a que sus conciudadanos los emulasen. El diario Arriba brindaba una receta a los políticos franceses para acabar con la crisis: Las revoluciones solo son posibles cuando es el poder el que falla. En Francia está fallando por debilidad, pero los agitadores de la Sorbona pueden saber lo que es una represión a la soviética. Los estudiantes rumanos, checos, polacos y alemanes orientales saben algo de eso.
Pero Francia no era una dictadura y la revuelta continuó. La Sorbona ocupada se erigió rápidamente en el punto neurálgico. Los estudiantes, autoconstituidos en asamblea, lanzaron desde allí todo tipo de llamadas a la toma de fábricas y centros de poder y realizaron excursiones para visitar a los obreros encerrados, quienes los recibieron con recelo. El 20 de mayo habló en el anfiteatro del centro el filósofo más conocido de la nación. Jean-Paul Sartre, casi inválido, se dirigió a los universitarios para mostrarles su apoyo, su disposición, aún, para seguirles en la lucha, su entusiasmo. Cuando desde el Gobierno se sugirió detener a Sartre, De Gaulle se negó: Uno no puede arrestar a Voltaire.

El movimiento se jugó el todo por el todo el 24 de mayo. El vacío del poder que sufría el país parecía invitar al siguiente paso: su toma. Ese día se buscó el asalto de los centros de mando, de ayuntamientos, ministerios, Presidencia... pero no había armas. Nadie se había tomado realmente en serio la preparación militar de la insurrección en ciernes y, al anochecer, la bandera negra de los insurrectos no ondeaba en ningún objetivo. Pero la Bolsa de París había ardido, había un muerto, miles de heridos y detenidos, y la capital presentaba un aspecto apocalíptico. ¿Se trataba ya de la revolución?

coche calcinado


Al Gobierno no le parecía descabellado. El 25 de mayo el primer ministro Pompidou se dirige por televisión y radio a la nación: hemos asistido ayer a una evidente tentativa de desencadenar la guerra civil. El 29, De Gaulle desaparece y, en el interludio de cuatro horas en las cuales el Estado no existe, se dirige a Baden donde logra el apoyo de las unidades de blindados al mando del general Massu para marchar sobre París si fuera necesario.



Jaime Pastor
De Gaulle



Pero los rabiosos habían lanzado su último envite y habían perdido. El 30 de mayo De Gaulle disolvió la Asamblea General y convocó elecciones. Ese mismo día 600.000 personas se manifestaron en París con su presidente. En los últimos días los sindicatos obtuvieron de la patronal y el Estado cuantiosos aumentos salariales e importantes avances sociales. Todo había acabado. El 16 de junio la policía desalojó la Sorbona.
No hay vaticinio que moleste más a un sesentayochista que aquel “¡acabaréis todos notarios!” que los más sarcásticos del Mayo parisino gritaban a los jóvenes de las barricadas. La figura del notario encarnaba el antiguo régimen, la tradición decimonónica, lo gris: esa autoridad que había que derribar con un certero golpe de adoquín. Pero aquella advertencia notarial escondía una profecía autocumplida: cincuenta años después, muchos de los instigadores de aquellas jornadas (en Europa y también en España) reniegan de su legado hasta el punto de haber convertido sus biografías en la antítesis de aquel momento fundacional. Son los renegados del 68.

El desencanto con Mayo del 68 no es una actitud nueva. En España se puede rastrear en los sucesivos aniversarios y en los artículos cada vez más fúnebres. Hace diez años, la revista Cuadernos para el diálogo publicó un número íntegramente dedicado a recordar el 68. Los títulos de cada trabajo daban forma a la amargura: El fin de un sueño, El desencanto, No queda nada, Debajo de los adoquines solo hay cemento… A fuerza de conmemorarlo, Mayo del 68 ha acabado haciéndose bola. Tras medio siglo, el desmayo es general. En Posguerra (Taurus), Tony Judt señalaba que los hechos de mayo tuvieron un impacto psicológico absolutamente desproporcionado en relación a su verdadera significación. Es la fatiga de la memoria. Recordar cansa. Y la prima hermana del cansancio es la distorsión.


Tony Judt (1948-2010)




Pero, ¿por qué tanto pesimismo, tanta nostalgia mal curada? Y, sobre todo: ¿por qué tanta mala uva hacia una fecha que el imaginario colectivo ha elevado a la categoría de mito cultural? En la evolución —¿involución?— de muchos antiguos sesentayochistas influyen razones tan humanas como el paso del tiempo, el desarrollo intelectual (muchos de los que vivieron Mayo del 68 no han dejado de escribir, publicar y traducir) y el legítimo cambio en la percepción de los problemas del mundo (y sus soluciones). Mayo fueron muchos “mayos”. Un fenómeno contradictorio — según se mire pudo ser más el fin de una era que el comienzo de otra — que ha generado, con el paso de las décadas y las ideologías, un curioso fenómeno de negación y reacción.

Lo peor de la herencia de mayo es el buenismo, el cinismo, el puritanismo. Al teléfono Fernando Sánchez Dragó, que no estuvo en París en el 68 pero sí en Katmandú (otro foco de actividad revolucionaria). Cuando llegué a Nepal no había un solo hippie, recuerda el autor de Gárgoris y Habidis, para quien la razón del desencanto viene de que las cosas están ahora mucho peor. Para Dragó vivimos tiempos oscuros y cínicos. Y recuerda su militancia juvenil: A la derecha le hacíamos gracia, les caíamos bien.




Sánchez Dragó

Aquí una clave. Los jóvenes del 68, los posicionados políticamente, eran hijos de la burguesía, eran los cachorros díscolos del sistema que pretendían ingenuamente derribar. Ese amateurismo, esa pertenencia a una misma clase social, era vista con más condescendencia que odio por los conservadores. Además, está el asunto de los partidos comunistas. Muchos jóvenes del sesentayocho eran maoístas y se la tenían jurada al comunismo ortodoxo de Moscú, detalle que la derecha política supo canalizar a su favor.
La razón de que muchos sesentayochistas españoles se hayan convertido al credo (neo) liberal está escondida en un libro francés. Lo escribieron André Glucksmann y su hijo, Raphaël. En él, el viejo 'nuevo filósofo' de Mayo, fallecido en 2015, ajusta cuentas con las jornadas de París, mientras su hijo le da la réplica. Al final de la obra se alude al posible vínculo entre el 68 y la revolución liberal. A menudo se ha reprochado a Mayo que garantizara el triunfo del capitalismo al derribar las barreras ideológicas y morales que restringían su desarrollo. Los Glucksmann califican Mayo del 68 de “epifanía liberal”, una forma de cargar al mismo tiempo contra la izquierda y contra parte de la derecha (la más estatalista).


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André Glucksmann (1937-2015)


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Raphaël Glucksmann


En España, esa “pinza liberal” la desliza el filósofo y articulista Agapito Maestre en un artículo de 2008: Mayo del 68 está más cerca del liberalismo que de cualquier otro programa político de la modernidad. Pero liberal no es libertario. Y las jornadas de Mayo fueron más lo segundo que lo primero. ¿Por qué entonces esta extemporánea defensa del 68 por parte de algunos autodenominados liberales? El historiador Antonio Elorza lo achaca a un intento de cancelar para siempre la expectativa revolucionaria. En su reciente Utopías del 68 (Editorial Pasado y Presente) alude a los destacados sesentayochistas, radicalmente anticomunistas que tienen en común su pasado maoísta y que ahora llevan a cabo afortunadas inserciones en el sistema de poder político y financiero.

Agapito Maestre



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Antonio Elorza

Una idea desarrollada también en el libro que el profesor Germán Labrador publicó en 2017, Culpables por la literatura. Imaginación política y contracultura en la transición española. 1968-1986 (Akal). Aludiendo a las grandes figuras de la contracultura española que se han posicionado a favor del neoliberalismo, Labrador, docente en Princeton, argumentaba — en una entrevista a El Confidencial — que en el viaje del maoísmo o el lacanismo hacia la derecha orgánica hay mucho de matar al padre; son viajes anímicos, profundos, en donde no siempre hay cinismo.


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Germán Labrador




Hace 30 años Fernando Savater — que participó en el Mayo español contra el franquismo y se ha mantenido fiel a sus aspectos más libertarios — señalaba que frente a la efeméride de mayo no cabía sino el distanciamiento irónico o la memez de los burócratas de la nostalgia. Parece que hoy hayan triunfado los segundos. Hay un poso de derrota en este callejón sin salida de la memoria, donde a falta de recordar hechos (de sobra conocidos) se recuerda el recuerdo. Muchos artículos — y libros — sobre Mayo del 68 caen en el exceso de la primera persona, lo que acaba por convertir la fecha en un asunto de filias y fobias desprovisto de análisis objetivo. Es decir, un terreno fértil para los renegados.

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Fernando Savater




Aquello no produjo nada, pero lo borró todo, asegura el filósofo Gabriel Albiac, que acaba de publicar Mayo del 68: fin de fiesta (Confluencias), una reescritura de un libro suyo de los noventa. Para el ensayista, heterodoxo colaborador en la órbita de la ilustración conservadora liberal española, el 68 fue una derrota afortunada: Tuvimos suerte de perder, porque laminamos completamente el mundo precedente, pero en su lugar no construimos nada, ninguna religión secular nueva como la de nuestros padres. La visión desesperanzada en Albiac contrasta con la mucho más optimista de la izquierda actual, que sí se reconoce en los frutos de mayo (ecologismo, feminismo y quiebra del principio de autoridad). Para Albiac, en cambio, Mayo del 68 sirvió para salvarnos del credo de nuestros mayores y para quebrar el sistema izquierda-derecha, que había funcionado como una metáfora política básica desde la Revolución Francesa. En este distanciamiento de la política - tan propio de algunos liberales españoles - da la razón a Judt cuando señalaba el carácter fundamentalmente apolítico de Mayo.


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Gabriel Albiac





Mayo del 68. Fin de fiesta © Confluencias Editorial 2018




Asegura Dragó que renegar del pasado es una “tradición muy francesa”. Es la idea de la disidencia, del estar en contra siempre, muy afrancesada también, y que quizá esté en la base de algunos de los giros intelectuales y políticos más llamativos desde Mayo. Ya Daniel Cohn-Bendit, Dani "El Rojo" en las calles de París hace 50 años y hoy europarlamentario jubilado,


Daniel Cohn-Bendit europarlamentario jubilado








lo dejó escrito en su libro más famoso, La revolución y nosotros, que la quisimos tanto, publicado a mediados de los ochenta del siglo XX: El calificativo de sesentayochista se ha vuelto peyorativo, “progre”, directamente una injuria". Cohn-Bendit parecía estar anticipando lo que años después pasaría con un grupo de genuinos intelectuales franceses, con Glucksmann a la cabeza, y que pasarán a la historia de la cultura europea como los “enterradores de Mayo del 68”.

Glucksmann, uno de aquellos “nuevos filósofos” que irrumpieron en el mayo francés con voluntad rompedora y nihilista, dedicó sus últimos años a demolerlo. Criticó su exaltación fascista del instante y relacionó el substrato cultural del 68 con las raíces del movimiento posmoderno posterior. A la misma tarea se dedica todavía Alain Finkielkraut, intelectual maoísta en su juventud y hoy muy crítico. Para el autor de La derrota del pensamiento, Mayo del 68 fue una pantomima disfrazada de drama y coincide con Dragó en señalarlo como el origen de los actuales males de Occidente: multiculturalismo, dictadura de lo correcto... En una entrevista en el diario argentino La Nación, se defiende de quienes le acusan de haberse convertido en reaccionario argumentando que el regreso estrepitoso de la categoría de reaccionario significa que el paréntesis antitotalitario se está cerrando. Olvida que a quien él hace 50 años tachaba de reaccionario, Raymond Aron, llegó a describir Mayo del 68 con palabras muy parecidas a las suyas: “psicodrama”.




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Alain Finkielkraut



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Raymond Aron (1905-1983)





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Sic transit gloria mundi (Así pasa la gloria del mundo)







Juan Valdés Leal, Finis gloriae mundi (1672), Hospital de la Caridad, Sevilla

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