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martes, 15 de julio de 2014

CURIOSA NOTICIA SOBRE EL POETA SEVILLANO LUIS CERNUDA BIDÓN


 Sevilla 1934 durante una visita fugaz con motivo de las Misiones Pedagógicas (de una carta de Luis Cernuda a José Luis Cano). La foto está hecha en el Paseo de Colón Tras él está el río Guadalquivir, que no se ve en la fotografía, y a su derecha la Torre del Oro

Eugenio Cazorla Bermúdez es hijo de Federico Cazorla un buen amigo sevillano de mi padre (ambos ya fallecidos) Se licenció en derecho en la Universidad de Sevilla y después revalidó sus estudios en EEUU  y tiene un prestigioso bufete en la ciudad de Dallas, en el estado de Texas .Ha sido, además, durante muchos años colaborador del Diario de Sevilla .
Es autor, también, de un blog muy bien documentado de Ensayos y pensamientos que lleva su nombre, donde, el pasado 4 de febrero, publicó el artículo que, por su interés para los investigadores de la vida de Luis Cernuda, y con la autorización de su autor (al que agradezco la gentileza que ha tenido al autorizarme a publicarlo) reproduzco a continuación:
                                                                                 
                                                                                   
Eugenio Cazorla Bermúdez
                                                                         


                  
              MÁS SOBRE CERNUDA
 


Como es sabido en 2013 se cumplieron cincuenta años desde el fallecimiento en Méjico del ilustre poeta sevillano. Un amigo, sabedor de que tuve la ocasión de intervenir en un episodio concerniente a él con posterioridad a su muerte, me ha insistido en que lo cuente y después de pensarlo un poco he decidido hacerlo con la salvedad de que tendré que ocultar nombres para no herir la intimidad de los principales actores en este relato, quienes, que yo sepa, aún viven.

En 1964 después de haber terminado (por segunda vez) la carrera de derecho y cumplido con todos los trámites burocráticos empecé a ejercer como abogado en la ciudad de Dallas (Texas). Un día recibí una carta de España, acontecimiento éste que me llenaba de alegría pues casi siempre era de la familia o amigos. Esta vez se trataba de un amigo, un colega además, abogado de mi familia. Me contaba en ella que tenía un cliente que era el heredero universal de Luis Cernuda, que había fallecido el año anterior, en Méjico.

Yo sabía muy poco de Luis Cernuda. Sabía que era poeta de fama, que era de Sevilla, pero no sabía si vivía, o, si vivía, donde vivía. Había leído poco de él y sobre él. Cernuda, como tantos otros escritores e intelectuales que se exiliaron durante (como fue el caso de Cernuda) o a la terminación de la guerra civil era, en aquellas fechas, uno de los “malditos” del régimen, de los que se hablaba y escribía poco en España. Sabía, por mi mujer, que había vivido y trabajado en Escocia y en Inglaterra e incluso teníamos en casa una foto en la que aparecía él con el cuadro de profesores del Instituto Español de Londres y un grupo de alumnos, entre ellos la que más tarde vendría a ser mi mujer, que asistía a un cursillo de cultura española. Esto era en 1946. Tengo que decir, como algo curioso, que este Instituto Español, fundado en 1944 por Juan Negrín, el último jefe del gobierno de la Republica le hacía la competencia, con ventaja, al Instituto de España, que fundado en el mismo 1946 por otro poeta, Leopoldo Panero, era el que representaba al régimen de Franco.

Me decía en su carta mi amigo y colega que Luis Cernuda había fallecido en Coyoacán, un distrito autónomo dentro de la capital de Méjico con fecha 5 de Noviembre de 1963. Que estaba soltero y no tenía hijos. Que había muerto sin testar y que según la legislación española en aquellas fechas, el caudal hereditario iría a las manos de un sobrino. También que, aparte de libros y papeles Cernuda había dejado una cuenta de ahorros en un banco en Santa Mónica, California, donde el poeta había vivido hasta desplazarse a Méjico. Mi amigo y abogado del heredero, me mandó una fotocopia de la cartilla de ahorros y otra de la partida de defunción del poeta. El heredero reclamaba el saldo de dicha cuenta más los libros y papeles y su abogado me pedía le ayudara a conseguirlo. Acepté el encargo. Yo barruntaba que la cuenta no tendría que tener mucho dinero pues nunca había oído que un poeta se pusiera rico con sus versos. Así es que por ese lado el caso no era para entusiasmarse. Pero había el tema de sus libros y papeles. Tomar posesión, siquiera temporalmente de tales libros y papeles y, posiblemente, de originales, era otra cosa.

Lo primero que hice fue dirigirme al banco, también situado en Santa Mónica, y manifestarle que Luis Cernuda había fallecido en Méjico y que en nombre de mi cliente, el heredero universal de Luís, reclamaba el importe de una cuenta de ahorros en tal banco, evitando, a ser posible, la necesidad de acudir a los tribunales. El banco me contestó que, efectivamente existía tal cuenta de ahorros a nombre de Luis Cernuda, pero que el poeta había designado a un señor como beneficiario de la misma. También me daba el nombre del tal beneficiario e instrucciones sobre cómo el tal beneficiario podría cobrar el saldo de la tal cuenta de ahorros. Extrañado, me apresuré a informar a mi amigo el abogado sobre la existencia de un beneficiario de la dicha cuenta de ahorros. Resultó que mi amigo, y por supuesto su cliente (y “mío”) sabían de la existencia del tal beneficiario. Para entonces el tal beneficiario, alertado por el banco, había cobrado el importe de la cartilla, de lo que no tuve noticias sino muchos meses después, por el propio banco y confirmado, en cuanto a la fecha, por el propio beneficiario.

Llegaba pues la hora de dirigirme al beneficiario, del que ya tenía su dirección. Le escribí y le pedí me dijera cuando cobró el saldo de la cartilla de ahorros, que título o títulos tenia para haber sido designado como beneficiario, qué destino habían tenido los papeles de Luís, etcétera. Por último le invitaba, por mi conducto, a dirimir sus diferencias con el heredero.

El beneficiario me contestó a vuelta de correo. Primero me daba una nota biográfica suya Era español, estudió y se doctoró en derecho por la Universidad de Madrid. Entró por oposición en el ministerio de Asuntos Exteriores. Pero luego, como muchos otros abogados, se desvió por la literatura. Becado, hizo un doctorado en lenguas y literaturas románicas en la universidad de Berkeley, California. Al tiempo de escribirme creo, aunque no estoy seguro, tenía un puesto de profesor en la Facultad de Letras en la Universidad de California en Los Ángeles. Después, entrando en materia, me explicó cómo había hecho gran amistad con Luis Cernuda, que, gracias a él, el poeta sevillano había conseguido contratos (no explicaba que clase de “contratos”) por valor de unos treinta y cinco mil dólares, y que no tenía otro título que la voluntad del muerto. “Tanto trabajo (me decía) cuesta escribir xxxxxxx (aquí su propio nombre) como xxxxxxx” (aquí el nombre del heredero sevillano).

En cuanto a los libros y papeles me dijo que había que distinguir entre los que Cernuda le había donado personalmente y los que había depositado en un almacén a entregar al depositante, el propio Cernuda o a quien estuviera facultado para ello, o sea el propio beneficiario, que poseía un poder ad hoc otorgado por el poeta. Según me explicaba él había entrado en posesión de tales papeles y no estaba dispuesto a renunciar a los mismos. En esto había cambiado de opinión después de cierta agria correspondencia que se había cruzado con el heredero y a la que no tuve acceso.

Después de esta carta me puse a pensar. Aquí había un problema agudo. Según las leyes de California el beneficiario tenía pleno derecho a cobrar los ahorros de Cernuda. Por otra parte, según la legislación española había un único y universal heredero abintestato. Dicha legislación era la aplicable puesto que o haber renunciado a su nacionalidad española, estaba sujeto al derecho español. Es decir estábamos frente a un espinoso problema de derecho internacional privado, un conflicto de leyes Yo era abogado en Texas, y en asuntos que tocaran a leyes federales podía ejercer libremente en toda la nación. Pero este era un asunto totalmente regido por las leyes del estado de California. Para yo poder ejercer en California tendría que darme de alta como tal abogado en el estado de California, previo a presentarme y aprobar el examen de reválida del Derecho de California tal y como yo había tenido que hacer en Texas. Suponiendo que tal hiciera y consiguiera tendría que viajar con cierta frecuencia a California, que no está precisamente a la vuelta de la esquina. No hay más que mirar en el mapa. Había sin embargo un remedio. Podría buscarme un abogado en California quien, previo pago de honorarios a convenir, se prestara a firmar los escritos y formularios que fuera necesario presentar ante el juzgado correspondiente y estar presente cada vez que yo compareciera frente al juez de la jurisdicción. La otra alternativa seria contratar a un abogado californiano y que él se encargara totalmente del asunto. En cualquiera de tales alternativas, el importe de la reclamación era tan modesto, menos de seis mil dólares, que los gastos a originar superarían con creces lo que se pudiera cobrar, si se cobraba.
Pero sobre todo aquí había una cuestión moral. Como me dijo el beneficiario, había la voluntad del muerto. Cernuda prefirió dejar dineros y papeles a un extraño en vez de a un sobrino, a quien no conocía, o a algún amigo. ¿Pero tenía amigos Cernuda? Si los tuvo no parece que retuvieran su amistad. Desde luego en Sevilla no los tenía. En realidad, una vez que dejó Sevilla, y antes de la guerra, cuando pudo, nunca volvió a ella, a pesar de tener allí a dos hermanas. En sus años de Madrid, antes de la guerra, conoció a muchos literatos y artistas. De la generación del 98, conoció a muchos de sus miembros. De Ortega, que le abrió las páginas de su Revista de Occidente no tuvo nada positivo que decir. Lo mismo tenemos que decir de los poetas, tantos los que le precedían en edad, como Salinas y J.R. Jiménez, como los de su generación. A quien no desdeñaba, por conducirse como “burgueses”, caso de Salinas y Guillén, tildaba de “señorito”, caso de Lorca. Con Salinas fue ingrato. No le perdonó que hiciera reparos a su primera obra, “Perfil del Aire”. Y sin embargo, fue Salinas quien le descubrió y alentó como poeta en sus años de estudiante en la Universidad de Sevilla, quien le recomendó a Altolaguirre para que le publicara su citada primera obra, y quien le buscó un lectorado en Toulouse. No obstante, hubo dos mujeres, Concha Albornoz y otra Concha, Concha Méndez, a quienes, al parecer guardaba algún afecto. Pero tampoco se acordó de ellas al tiempo de abrir la cuenta de ahorros en Santa Mónica. Y sin embargo, Concha Albornoz le buscó un empleo como secretario de su padre, el embajador Álvaro de Albornoz, en Paris, a principios de la guerra, y fue ella quien le sacó de Inglaterra, donde no se encontraba a gusto, y le ofreció una bien pagada plaza de profesor en un centro universitario de señoritas en Mount Holyoke, en EE.UU. Él mismo reconoció que nunca se había encontrado tan desahogado hasta que obtuvo este profesorado. Y en cuanto a Concha Méndez y su marido Manuel Altolaguirre fueron amigos y vecinos en Madrid en 1931 y se alojó muchas veces en su casa en Méjico donde finalmente, viviendo en ella, encontró la muerte.

A toro pasado es fácil hacer conjeturas. Al parecer, su exilio en Escocia e Inglaterra fueron años de penuria. Pero después, a partir de Septiembre 1947 vivió y trabajó durante cinco años seguidos en los Estados Unidos, y después durante varias temporadas en cursos aislados (en California) donde tendría que estar bien remunerado. A menos que fuera un manirroto un hombre sin una familia a quien mantener debería haber reunido algo más de seis mil dólares que podría haber tenido en algún banco diferente del de la cuenta en Santa Mónica. Según el beneficiario ciertos “contratos” le habían devengado treinta y cinco mil dólares. Cabe la posibilidad, pues, de que se hubiera acordado de estas dos mujeres o de cualquier otra persona antes de su fallecimiento. Pero en fin, en 1964, muchos años antes de documentarme sobre la vida y obra del poeta, yo no tenía más elementos de juicio a los que atenerme sino los que tenía a la vista. El caso es que algo vio Cernuda en el beneficiario que le indujo a mostrarle su agradecimiento.

Me dirigí pues al abogado en Sevilla poniéndole en antecedentes de todas estas dudas y problemas. Mi compañero, inteligente, advirtió al reclamante las dificultades del caso y este, también inteligente, se avino a desistir, lo que así me lo comunicó mi compañero.

Para concluir, me dirigí al beneficiario contándole que el heredero sevillano se avenía a no impugnar sus derechos y ya en un terreno personal y confidencial le manifesté que mi mayor interés habría sido, caso de prevalecer el heredero sevillano, entrar en posesión de los libros y papeles, sobre todo , los inéditos, si los hubiera habido. El beneficiario me contestó y me dijo que Cernuda no dejó nada inédito y que no había escrito ninguna prosa sino la contenida en el segundo tomo de “Poesía y Literatura” publicado poco antes por Seix Barral, en Barcelona. En cuanto a poesía- me informaba- el último poema escrito por Cernuda fue el titulado “A sus paisanos”, escrito en San Francisco el 7 de Febrero de 1962, como publicó el dicho beneficiario en un artículo que había publicado recientemente en Ínsula.

Concluía con otras consideraciones de orden personal que no vienen al caso para esta historia.

Así terminó este episodio que no he hecho público en cincuenta años. Mi colega sevillano se interesó por mis honorarios y gastos incurridos por mí. Los gastos eran mínimos, solo un par de conferencias telefónicas a California. Decliné cobrarlos como también decliné percibir honorarios. El frustrado heredero me obsequió con una estupenda billetera de piel. Si mal no recuerdo provenía de una elegante tienda en la sevillana calle Cuna. “Luque” creo que se llamaba.



757 Ocean Avenue, Santa Mónica, California, donde vivió  Luis Cernuda durante el curso 1962 - 1963. Fotografía de J. Cruz Salvadores. 

Colección de Carlos Peregrín Otero. Los Ángeles


           
Foto del poeta durante su estancia en California
                                                                               

ADDENDA: Hasta aquí el relato de Eugenio Cazorla (las fotos precedentes no pertenecen al artículo). Por cuestiones deontológicas Eugenio Cazorla, con muy buen criterio, no desvela los nombres de los protagonistas de una historia acaecida hace ya más de cincuenta años. Pero el que esto suscribe, no sometido a tales principios, y en su condición de historiador y poeta sí puede dar su opinión acerca de quienes cree puedan ser los personajes del asunto. En mi opinión el heredero del poeta sevillano es su sobrino Angel Mª Yanguas Cernuda, que sigue viviendo en Sevilla, y el beneficiario de la cuenta de ahorros de Santa Mónica es, también en mi opinión, el Dr. Carlos Peregrín Otero que en esas fechas se hizo muy amigo de Luis Cenuda e incluso leyó una tesis doctoral sobre la obra de Cernuda en la misma universidad donde yo estudié, Berkeley University. 


                                                                         
Luis Cernuda con Carlos- Peregrín Otero  
Colección de Carlos Peregrín Otero. Los Ángeles
                                                                                            





                                                  
   




 CODA: La estampa de primera comunión que, como primicia, publico arriba la encontré entre los papeles de mi madre fallecida a fines de 1999. Cuestión que no me explico bien pues en casa nunca se habló de ninguna relación con la familia Yanguas. La única explicación que se me ocurre es que mis padres fueran amigos de alguien de la familia Bidón (yo mismo soy amigo de algunos de ellos). El abuelo materno de Luis Cernuda era Ulises Bidou (o Don Luises como lo llamaban sus amigos y clientes sevillanos) un francés que llegó Sevilla a mediados del siglo XIX y se estableció en la Plaza del Pan (hoy Plaza de Jesús de la Pasión) donde tuvo una droguería. Allí españolizó su apellido Bidou por Bidón y se casó con la sevillana Amparo Cuéllar. De este matrimonio nació la madre del poeta, que se casó a su vez con el general Bernardo Cernuda Bauzá. Del enlace nacieron Amparo en 1894 que murió soltera, Ana en 1895 y Luis en 1902. Por cierto que la casa donde nació Cernuda - tantas veces mencionada en Ocnos - en la calle Acetres 6, entonces llamada conde de Tójar, es contigua a la que mi familia todavía posee en la calle Acetres 8.

Ana contrajo matrimonio con Jesús Yanguas, un hombre mucho mayor que ella, del que nacieron Jesús que se ahogó en accidente muy joven en la poguerra, José Luis fallecido niño durante la guerra civil (son los dos niños de la estampa de primera comunión) y Angel Mª, el heredero, en mi opinión, del artículo del letrado Cazorla.


A Luis Cernuda nunca le gustó el apellido Bidón materno, prefería el francés Bidou de su abuelo. Por eso Paloma Altolaguirre (la hija de sus amigos los poetas Manuel Altolaguirre y Concha Méndez) puso en su tumba del Panteón Jardín de Méjico estas sencillas palabras
   Luis Cernuda Bidou
Poeta
Sevilla 1902 - México 1963
   
Las hermanas de Luis Cernuda, Ana y Amparo, y el padre del poeta (en el centro) en la Feria de Sevilla hacia 1900  Colección particular. Sevilla




Hay un fulgor aún tras del pino señero

adonde los pájaros regresan

y un mirlo todavía canta

Luis Cernuda El cementerio




EPITAFIO

La delicia, el poder, el pensamiento
aquí descansan.Ya la fiebre es ida.
Buscaron la verdad, pero al hallarla
no creyeron en ella.
Ahora la muerte acuna sus deseos,
saciándalos al fin. No compadezcas
su sino, más feliz que el de los dioses
sempiternos, arriba.

PÁJARO MUERTO

Sobre la tierra gris de la colina,
bajo las hojas nuevas del espino,
al pie de la cancela donde pasan
jóvenes estudiantes en toga roja,
rota estaba tu ala blanca y negra,
inmóvil en la muerte. Parecías
una rosa cortada, o una estrella
desterrada del trono de la noche


                                                                             

Luis Cernuda: Si el hombre pudiera decir lo que ama


                       Español
   Translation to English

Si el hombre pudiera decir lo que ama,


If a man could say how much he loves,
si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo
if a man could raise his love in the sky
como una nube en la luz;
like a cloud in the light;
si como muros que se derrumban,
if like falling walls,
para saludar la verdad erguida en medio,
in order to salute the truth, straightened in the middle,
pudiera derrumbar su cuerpo,
he could plunge his body headlong,
dejando solo la verdad de su amor,
leaving just the truth about his love,
la verdad de sí mismo,
the truth about himself,
que no se llama gloria, fortuna o ambición,
which is not called glory, nor fortune, nor ambition,
sino amor o deseo,
but love or desire,
yo sería aquél que imaginaba;
I would be the one who imagined;
aquél que con su lengua, sus ojos y sus manos
the one who, with his tongue, his eyes and his hands,
proclama ante los hombres la verdad ignorada,
proclaims in front of the men the ignored truth,
la verdad de su amor verdadero.
the truth about his true love.



Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien
Freedom I do not know but the freedom of being imprisoned in somebody
cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío;
whose name I cannot hear without chill;
alguien por quien me olvido de esta existencia mezquina,
someone for whom I forget this mean existence,
por quien el día y la noche son para mí lo que quiera,
for whom the day and the night are for me whatever he wants,
y mi cuerpo y espíritu flotan en su cuerpo y espíritu
and my body and spirit float in his body and spirit
como leños perdidos que el mar anega o levanta
like lost logs that the sea submerges or raises
libremente, con la libertad del amor,
freely, with the freedom of love,
la única libertad que me exalta,
the only freedom that exalts me,
la única libertad por que muero.
the only truth for which I die.



Tú justificas mi existencia:
You justify my existence:
si no te conozco, no he vivido;
if I do not meet you, I haven't lived;
si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido.
if I die without meeting you, I don't die, because I haven't lived.
                  
                             

2 comentarios :

  1. Carmen Sánchez Melgar17 de julio de 2014, 20:58

    Eduardo, te felicito por la labor de investigación que llevas a cabo de temas culturales, y que pones a nuestro alcance en tu blog. Contribuyes así a que ampliemos nuestros conocimientos de una manera amena. Gracias.

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  2. Las gracias te las debo dar yo por tantos detalles que tienes conmigo y de forma tan elegante ¡Ah! y por leerme que ya es mérito :)

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